Edirne(1/2)

Ya era hora de empezar a viajar un poco así que me uní al pequeño grupo de Erasmus para un fin de semana a Edirne, una ciudad al noroeste de Turquía, tan al oeste que sólo dista 15 kilómetros de la frontera con Grecia(Yunanistan en turco) y Bulgaria(Bulgaristan).

El viaje comenzó mostrando la escala de Estambul: al comprar el billete en el cento un shuttle nos llevó hasta la desmesurada estación de autobuses, posada como una miniciudad entre autopistas y centros comerciales, poblada de cientos de autobuses y subterráneas tiendas de confección y limpieza: una anticiudad dentro de la ciudad. Así, como en un mal chiste, 11 españoles, italianos y alemanes nos embarcamos en un viaje en un autocar con televisión, videojuegos! y servicio de te y pastas.

Me desperté 3 horas después, a la entrada de la ciudad, envuelta en una fantasmagórica niebla. Con equipaje ligero empezamos a visitar las principales mezquitas, una de las cuales tiene los minaretes más altos de Turquía, diseñada por el omnipresente arquitecto Mimar Sinan(que construyó más de 80 mezquitas). De bella decoración con caligrafías árabes aunque para mi está lejos de la majestuosidad de Sultanahmet. Tras el primer turisteo decidimos probar algo típico y cuál fue mi sorpresa al ver que nos servían tava ciğer, el cual no habría pedido de ser mejor mi turco: hígado rebozado. Normalmente estoy abierto a todo tipo de comida exótica pero el hígado tiene un sabor demasiado fuerte para mi. Por suerte el rebozado lo hacía digamos comestible.

Luego continuamos visitando el pequeño bazar cubierto y el centro histórico de la ciudad, hablando con los vendedores de dulces en nuestro parco nivel idiomático. La hospitalidad de aquí asombra. Uno se pone a hablar con un vendedor y acaba dándote a probar todos los dulces sin esperar nada a cambio. Uno lo toma con recelo pero acaba aceptando que en la mayoría de casos son hospitalarios sin más y agradecidos ante cuatro palabras en su idioma.

La cena fue a base de kumpir, una gran patata al horno, abierta por la mitad y mezclada con queso y mantequilla y toda clase de ingredientes que uno pueda imaginar, una bomba calórica en toda regla. Mientras tomábamos algo en uno de los pocos bares de la ciudad un par de músicos callejeros se sentaron con nosotros(nuestro inglés y pintas delataban que no eramos locales) y nos deleitaron con música tradicional turca, a cambio de una propina colectiva, pues es su forma de ganarse la vida.

Sin mucho ambiente nocturno, el grupo internacional se volvió al hostel y conversamos todos juntos en una de las habitaciones hasta que el sueño empezó a vencer a la gente.

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