Madrileando

Últimos días en Madrid,así que técnicamente aún no estoy estambuleando. Pero por alguna parte hay que empezar. Y yo empiezo con una despedida. Con una despedida a la ciudad que me ha acogido durante el último año y medio. La ciudad que me ha servido como trampolín, como primer pasito hacia una paso más grande. La primera intentona de ese “quiero irme fuera” que rondaba mi estómago desde que volví de Italia, hace de eso ya cuatro años.

Vine a esta ciudad con una mezcla de refunfuño y excitación, medio forzado por las circunstancias, medio lanzado a encontrar nuevas oportunidades.  Vine a regañadientes por dejar mi ciudad, Barcelona, mi familia, mis amigos y sobre todo a la pasajera que ahora me acompaña en todos los viajes y en el viaje más importante, que es la vida. Ella, que acababa de llegar a Barcelona para continuar con nuestro viaje vital, que ahora vamos a proseguir, se encontraba que yo, forzado por la situación de precariedad laboral, me alejaba nuevamente. Pero vine también excitado ante una promesa de un desarrollo profesional, de una nueva ciudad y sus experiencias. Siempre es fácil hablar a posteriori y con esa facilidad ahora declaro que la gran experiencia ha sido en el plano personal, no tanto en el profesional. En el plano personal he conocido una ciudad fantástica, sus rincones escondidos, su magia, su energía. También se han forjado amistades que parecen destinadas a perdurar de por vida aunque ahora todos tomemos nuestros rumbos, personales y profesionales con la maleta a cuestas. Y en lo personal también, por haber hecho sobrevivir y, aún más, reforzar una relación que me acompañará por el resto de mi vida, dentro de mi.

En el plano profesional no se han cumplido las expectativas. Vine con ganas de aprender y he aprendido. He avanzado pero no en la dirección que quería y es ahora cuando intento volver a encaminarme, volver a ilusionarme, formarme, renacer. Porque es en estos periodos de crisis en los que son sólo los que se atreven a cruzar las nubes negras en vez de esperar bajo el paraguas a que pase el aguacero, los que triunfan. Los demás sobreviven. Espero y deseo con mi decisión ser de los primeros.

No pretendía este tono nostálgico, y quizás pretencioso, para un primer post pero me embarga esa sensación de que una etapa acaba y comienza otra aún mejor. Ese preciso momento donde con calma, por un segundo, uno puede mirar atrás, al presente y al futuro con toda nitidez, y me aprovecho de ese estado para divagar sobre mis sentimientos presentes, para permitirme el lujo de ser optimista, de ser ambicioso. El lujo de soñar despierto.

Crecer es aprender a despedirse. En pocos días me he despedido de los grandes amigos que he hecho en Madrid. Algunos se van a perseguir sus sueños a otros países, como yo en breve. A mi, gustoso de ver coincidencias cósmicas y tendencias del destino en detalles minúsculos, me da ánimos ver que gente apreciada a mi alrededor también se mueve, busca nuevos destinos, diferentes estímulos, allí donde este gran pequeño mundo les reclama.

Y ahora yo crezco un poco más y me despido de Madrid.


madrileando en el Retiro

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